miércoles 16 de diciembre de 2009

Un blog abandonado me genera una profunda tristeza. Cliqueo un link, veo una fecha antigua en la cabeza de una entrada y pienso en qué habrá pasado con el autor, con ese que tiempo atrás decidió que tenía algo qué decir (o lo que sea que piensa uno cuando decide arrancar un blog). Hay muchos que no han llegado a pasar los primeros textos, uno larga envalentonado y le parece que tendrá una cantidad inagotable de cosas para bajar a textos, que su mente es tierra fértil de ideas y opiniones. Suele suceder que la cosa no es tan así, las energías desaparecen abruptamente y el blog queda ahí, abandonado a su suerte (signifique esto lo que signifique).

Decía que un blog abandonado me genera una profunda tristeza, y este blog había quedado abandonado, lo había dejado abandonado yo. Así, me estaba dando tristeza a mí y esa es la más estúpida entre todas las estupideces que tengo a mano. Entonces lo desabandono, vuelvo a él (otra vez, tantas veces) en una noche gesellina fría y quieta. Afuera, la avenida desierta, todavía no pasan autos, ni grupos de pibes a los gritos, ni parejas abrazadas. La temporada que inauguraron ayer no empezó y no empezará por algún tiempo más. Por ahora no pasa nada. Hace unos días llovió, el pino está mejor, un año después de plantado empezó a crecer. El ciruelo está en una de las etapas de su bipolaridad, ahora con hojas, pronto, seguro, pelado otra vez. Las lavandas explotan y perfuman a quien quiera sacudirlas un poco. El perro pasa las horas durmiendo, meando o peleando con la gente (a veces también con su reflejo en cualquier vidrio).

Así pasa diciembre. Pasa tranquilo. Enero corre, febrero también, aunque un poco menos, y marzo queda muy lejos, marzo es ciencia ficción. Volví nomás, ya veremos para qué.