
—Te costó acostumbrarte, supongo.
Me había dicho que a los dieciséis se casó, de loca nomás, eh, no de apuro, un par de años después tuvo el primero de sus hijos y metió uno atrás de otro hasta el octavo cuando tenía un poco más de treinta. Cursaba el secundario, criaba un hijo, vivía casa de su suegra, en La Plata. Una señora francesa, casada con un señor francés y con dos hijos franceses que se mudaron a la ciudad del estadio único sin hablar palabra en castellano. Me contaba esto y cruzábamos caras de qué locura, de cómo habrán hecho. Intrépido, valiente, osado, estúpido, suicida. Todo depende de cómo haya resultado la apuesta. Un buen día decidieron que había que irse de la ciudad. El francés y su familia encararon para el sur. Comodoro Rivadavia. “Si te traigo acá no ves más a tu familia, flaca”, imita ella el tono francés de él que a esta altura, mientras conversamos, hace tiempo está muerto. Para ese momento tenía seis chicos y un Peugeot 504 que rompía cualquier esperanza de encarar un viaje tan largo con tanto pasajero.
Río Colorado apareció medio de casualidad y ahí decidieron quedarse.
—Ocho pibes. La Plata, Río Colorado, Kabul, no te cambiaba demasiado, ¿no?
Sonrió mientras inundaba de bolognesa mi platazo de fideos.